Es indudable que se ha apoderado de nuestro país una ola de desmoralización y desilusión inusitadas. A pesar de haber “firmado la paz”, las encuestas muestran cómo los índices de aprobación del Presidente de los colombianos son los más bajos que se hayan registrado.
¡Quién lo creyera! Pero es que los desafortunados hechos no dan para menos: una descarada espiral de corrupción convertida en la madre de cuanta corrupción haya y pueda haber, una reforma tributaria implacable que lacera los bolsillos, un vasto océano de cultivos de coca que pone en riesgo el futuro de la niñez no solo de nuestro país sino de los países que son destino de la macabra mercancía producida con dichos sembradíos.
Y como si todo lo anterior fuera de menor estofa, una crisis político institucional que brota en la burla del resultado democrático del pasado plebiscito, y que se materializa como si fuese un monstruo, en la metamorfosis de nuestra Carta Política y el nuevo rol -casi que tan solo para protocolización notarial- que asumirá nuestro estimado Senado… Y se preguntan ustedes ¿Hay razón para ser pesimistas?
No existen seres más pragmáticos sobre la faz de la tierra -y Colombia no es excepción- que los hombres de negocios. Las demás criaturas soñadoras suelen cantar: “sonreímos porque nadie más lo hará por nosotros”, pero para estos distinguidos caballeros la risa depende del resultado de sus PyG. Y al parecer, los resultados recientes no son nada complacientes. Razón tenía Saramago al advertirnos que los únicos deseosos de cambiar las cosas son los pesimistas, los optimistas están encantados como está todo.
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