Cali, noviembre 7 de 2026. Actualizado: viernes, noviembre 6, 2026 23:40
POR: LEINIKERMONTOYA G.
ESTUDIANTE: OCTAVO SEMESTRE.
TWITTER: @LEIKMON
Se llama ‘pregonero’, ‘calentador’, y para el caso de los altos estratos, ‘despachador’; se distingue por su particular oficio de “traer la gente” ya sea, haciendo la bulla, el jolgorio o la maraña.
El mismo que desde hace varios años se convirtió en parte del itinerario urbano de los colombianos, pues a donde se vaya con uno de estos encuentra.
Frecuentan distintos lares de la ciudad; de un momento a otro aparecen, se escuchan, se ven. Fieles en su tarea, estacionados a la entrada -rara vez en un rincón de algún negocio- hacen la promoción de productos o servicios, mientras parafrasean el nombre de la cafetería, el supermercado o la tienda de ropa que los contrató. En otros casos, lo hacen desde su propio ‘chuzo’ ambulante.
Un hecho particular se presenta en el centro de Cali donde al andar, los visitantes que optan por ‘darse un roce’ en esta zona encuentran asomados a una y otra acera peatonal, y por supuesto en los establecimientos comerciales, a los populares ‘calentadores’, quienes ‘tiran cuerda’ hasta más no poder.
Otra de las modalidades de la figura del pregón está relacionada con el transporte público, son quienes “montan la gente a la máquina”. Era una actividad cotidianas, que permitió brindar empleos fijos, o al menos con mayor estabilidad, cuando circulaban los colectivos tradicionales.
Con el severo cambio del sistema de transporte en ciudades de ‘primera categoría’ como Cali, donde los paraderos y las estaciones son fijos, este tipo de pregonero tendió a desaparecer. Pero gracias a la inmaculada aparición de los medios informales -los ‘piratas’- este oficio vuelve a cobrar su auge.
Hay quienes se han mantenido “vivos ante la contravía”, como Jorge Eliecer Vidal Sánchez, un palmirano que hace diecisiete años trabaja como pregonero en el famoso sector del ‘Terminalito’, ubicado en la Calle 70 con Carrera 1ra Norte. Allí Peineta, como cariñosamente lo llaman, cuenta de qué se trata el asunto y cómo va el iguazo de hoy:
“Nuestra labor es recoger pasajeros para los carros, personas que van para Buga, Tuluá, Palmira, Ginebra, Versalles, entre otros municipios. Por subir pasajeros, los dueños de los buses nos dan el iguazo, que corresponde a un aporte de $500 o $1000 pesos por cada tanda de viajeros. Hoy por ejemplo, la cosa pinta bien”.

De generación, en generación…
Esta es una vocación que también se hereda. Según Peineta, la adoptó de su hermano mayor, quien “ha trabajado casi toda su vida en este gremio. Yo tenía una situación laboral inestable, la verdad nunca pude acomodarme en alguna empresa. Como padre de familia con cuatro hijas, él me vio sufriendo mucho y me presentó esta alternativa. Me dijo: Papi, vámonos pal’ terminalito y vea, ya son diecisiete años boleando duro”, cuenta.
En las mismas, sólo que por otros lares…
Como Jorge Eliécer, son muchos los que han revertido el fracaso y que, ante las adversidades, descubrieron un norte fijo de oportunidades en esta labor.
Así le pasó a Andrés Miranda, víctima del ‘colador’ que sufrió el transporte urbano; trabajaba como calibrador para una de las empresas tradicionales. Ahora, con un oficio de pronto un poco más informal, tiene la ventaja de pasarse “codeando con los altos mandos”, dice, mientras suelta la risa.
Ya completa nueve años como ‘despachador’ de vehículos en la periferia de Pampalida, al sur de Cali. “Por acá nos llaman ‘despachadores’, vos sabés que todo cambia con el estrato”, expresa con su buen sentido del humor, el mismo que ronda por la afueras de la Universidad Santiago de Cali. Desde allí coopera con el servicio que ofrecen los vehículos especiales que hacen la ruta Cali-Jamundí y viceversa, transportando en su mayoría a estudiantes y personal de la USC.
Los conductores de estas modalidades de transporte son conscientes del apoyo que reciben de parte de los pregoneros, quienes a todo pulmón, no sólo llenan la máquina de cuatro ruedas sino que permanecen con la certeza de que aunque la comida no da espera “sí se puede camellar por la buena”, como argumenta Peineta.
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