El martes pasado se cumplieron 18 años desde que en 1999 la Unesco proclamó el 21 de marzo como el Día Universal de la Poesía, con el objetivo de que los países promuevan la palabra como factor fundamental de convivencia. Exceptuando las lecturas de poemas que el fin de semana programaron algunas bibliotecas, donde concurrieron niños con suerte de tener padres sensibles por lo sublime, percibimos una ciudad gris y la tristeza de sus peatones. Ese espacio denominado como el
“Parque de los Poetas”, lugar indicado para la tertulia con metáforas, lo vimos invadido por el ruido, la suciedad y la vagancia. Qué paradójico que esto ocurra en la ciudad donde nació Jorge Isaacs. Que esto pase en la región vallecaucana cuna de los poetas Isaías Gamboa, Carlos Villafañe, Ricardo Nieto y Antonio Llanos.
Ni la ambición en los tiempos bíblicos con la torre de Babel, ni la peste macondiana del insomnio y el olvido, provocaron tanta fatalidad como la que hoy vivimos en las ciudades de la postmodernidad debido a la inapetencia social por la lírica. Nuestra deshumanización no se gestó con la confusión de las lenguas, ni con el agotamiento de la memoria, sino cuando comienzan a extinguirse la inspiración de la musa y el encantamiento del hombre. Se da la insensibilidad hacia lo bello desde que los espíritus colectivos ya no se nutren con versos y metáforas.
La industria -dijo José Martí- nos proporciona el modo de subsistir, pero la poesía nos estimula el deseo y la fuerza para vivir. No seamos más la ciudad de los poetas postrados.
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