Llamamos tareas a las obligaciones de llenar planas, resolver cuestionarios y desarrollar talleres, impuestas por los profesores a sus alumnos. Las tareas o “los deberes”, contrarrestan el tiempo libre de los niños, vulnerando sus derechos al descanso, a compartir en familia y a disfrutar del juego.
Los niños las sienten fastidiosas porque se las imponen para ocuparlos haciéndoles repetir en casa lo aprendido en clase. Si la legislación laboral concedió a los trabajadores ocho horas de descanso, ¿por qué vulnerarles ese derecho a los niños? Las jornadas académicas de los colegios son equiparables al trabajo en las empresas, entonces por qué no reconocer que los estudiantes también merecen tiempo libre.
Las tareas estresan a los niños, las resuelven a plagio y en muchos casos las hacen sus padres. A un hijo desobediente suelen amenazarlo mandándole a hacer las tareas, volviéndose factor de discordia familiar. Si el profesor descubre que un alumno no hizo la tarea, lo calificará con un uno, exponiéndole a que pierda el promedio de la nota del periodo o del año lectivo, que repita el grado u opte por la deserción. No serán mejores profesores quienes dejen más tareas, sino aquellos que expliquen bien los temas, den buenos ejemplos, guíen los ejercicios en clase y desarrollen competencias. Las odiosas tareas llevan al fracaso, aunque haya estudiantes con buenas capacidades.
Otros no aprenderán, pero aprobarán las materias a punta de tareas. La ONU pide prohibir las tareas en el mundo. En Francia, Bélgica y Finlandia, están reguladas por decreto. Entonces sigamos el ejemplo de Chile donde actualmente debaten proyectos de ley anti tareas.
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