Cada que comienza un nuevo año lectivo escolar vuelven los dolores de cabeza para los padres de familia debido a las listas costosas de útiles escolares. Las editoriales anteriormente solían hacer su agosto cambiando las portadas de los libros o reordenando algunas páginas. En el siguiente año lectivo los textos usados quedaban inservibles para los hermanos y era imposible adquirirlos de segunda.
Hubo docentes que coadyuvaban con el negocio a cambio de que las editoriales les donaran los planeadores de clases. Las quejas de entonces se reducían a que pedían listas de útiles inútiles. Ahora las editoriales compiten en el mercado de los textos escolares ofreciendo kits, según pregonan los promotores, con la implementación de las Tics en la educación. Cada libro digital se vende con un PIN personal incorporado que sólo deja entrar a su dueño a la plataforma virtual de la editorial para acceder a los contenidos y talleres.
Es decir que el negocio redondo ahora sí queda blindado porque el padre que no adquiera ese kit le será imposible buscar alternativas para ayudar a sus hijos en las tareas. Esto no ocurrirá si los rectores y docentes entienden que el avance de la tecnología no es óbice para aplicar la teoría del texto libre de Celestín Freinet (1896-1966), todavía vigente. Si en otrora los estudiantes creaban sus bitácoras con recortes de revistas y prensa; ahora pueden diseñar block virtuales con insumos del Google. Imponer tales kits va en contravía del aprendizaje por competencias, porque mecaniza y coarta la creatividad. Los colegios privadas ofrecen un servicio público que El estado debe vigilar.
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