Pablo Neruda cuando en 1971 recibió el Premio Nobel de Literatura, dijo en su discurso: “El poeta no es un pequeño Dios. No está signado por un destino cabalístico superior al de quienes ejercen otros menesteres y oficios” .
Si Bob Dylán hubiese escuchado estas palabras de gratitud, tal vez mostraría una actitud de humildad con corazón de poeta. Pero no, primero empezó a jugar al niño que se esconde para no recibir la sopa. Ya descubierto, anuncia que el día de la ceremonia no asistirá porque tiene cosas más importantes por hacer.
Los desplantes del cantante estadounidense Bob Dylán, desde cuando en octubre la Academia Sueca lo anunció como Premio Nobel de Literatura 2016, evidencian su falta de vocación literaria y confirman el adagio de que “No se valora lo que nada cuesta”. Por eso no se equivocaron quienes, ante el experimento de esta vez seleccionar a un rockero para entregarle la presea que se le negó a Jorge Luis Borges, de inmediato reaccionaron diciendo que el galardón será otro sólido que se desvanece en el aire.
En las redes sociales muchas voces pronosticaron que llegaría el momento de escoger a un futbolista sólo por haberse tatuado un verso de amor en su brazo. Anteriormente el Premio Nobel era el visado para que las obras merecedoras pasaran a hacer parte de los clásicos de la literatura, ya que previamente estaban acreditadas por sus lectores universales. Bob Dylán en vez de optar por la irreverencia vacilante, hubiese mostrado una actitud más honesta emulando a Jean Paul Sartre quien sí tuvo el coraje de renunciar al Premio Nobel.
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