Dicen los que saben que los perros sin raza –perros callejeros fruto del cruce de dos razas sabe Dios cuales- son más inteligentes que sus congéneres de pedigrí.
Esto debido a que sus progenitores han debido aprender a cruzar calles y sobrevivir a condiciones urbanas sin contar que los que alcanzan la adultez y que logran reproducirse son sobrevivientes de camadas malogradas. ¡Selección darwiniana! Pero algo tiene que ver también con la vivacidad canina chandosa la barajada de información genética que sustenta su existencia.
Si hacemos el ejercicio de extrapolar este análisis a la especie dominante del planeta, las ventajas de un cruce genético pueden llegar a ser valiosas para quienes somos mestizos. ¡O sea: la inmensa mayoría! Si bien soy más colombiano que un sancocho, el ADN de ancestros de Italia, Perú, China y Cuba conforma mi genoma, por lo que guardo interés por estas naciones. Sea este preámbulo para referirme aquí a la muerte del autócrata cubano, un individuo que privó de la libertad al país del cual emigró mi abuelo.
Suelo escuchar con interés hablar de Cuba y recuerdo que la primera vez que me enteré de que la población profesional de la isla por no ser dueña del fruto de su trabajo –del justo salario profesional- debía rebuscarse el modus vivendi manejando taxis o ejerciendo labores sexuales, llegué a la conclusión de que solo un sádico podía educar a su pueblo y a la vez impedirle una remuneración acorde.
Que la muerte del opresor –empoderado por más tiempo que cualquier emperador en la historia- devuelva la libertad a la isla de Santiago y del Ave María.
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