Es indudable que la globalización cambió muchas cosas en el mundo desde 1989. El comercio internacional y los flujos de capitales impusieron un nuevo orden internacional. Colombia no fue ajena a ese fenómeno. Sin embargo, ese modelo empezó a tener problemas en el 2008, cuando Estados Unidos y Europa entraron en un grave estancamiento y desempleo.
El bajo crecimiento económico, la desigualdad social y la crisis laboral, fueron la mecha para que los trabajadores de países desarrollados rechazaran la globalización y sus consecuencias.
Pues Colombia ahora se encuentra en crisis, así lo nieguen quienes de una u otra manera son amigos del Gobierno. Con la tercera reforma tributaria presentada por Santos, que en el Congreso no quieren discutir por temor a salir “quemados” en el próximo certamen electoral y a que el gobierno les prometió más “mermelada” si el Sí ganaba el plebiscito por la “paz”, se pretende tapar un enorme hueco fiscal causado por tanto desgreño y corrupción. La venta de Isagén no alcanzó para cubrirlo.
Por eso ahora se nos quiere imponer un nuevo régimen alcabalero, que perjudica notablemente a la clase media y pobre. La Ocde, un grupo de países ricos donde vamos a quedar como mosca en leche, al que Santos nos trata de meter, exige esa reforma tributaria para recibirnos, sin importar que ellos, poderosos como son, utilizan subsidios, dumping y barreras arancelarias, que a países pobres como el nuestro no nos ayudan para nada, y menos con el endurecimiento del nuevo gobierno gringo contra el narcotráfico, que afectará a Colombia sin duda alguna.
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