Reducimos el concepto memoria histórica estimándolo inherente a los procesos de paz y porque sólo recuerde genocidios. Ocurre porque hasta los escritores le desestiman el valor literario, desaprovechándole para un acercamiento a la lectura.
Hay que motivar a los jóvenes con textos seductores. Al reseñar los libros obligatorios de lectura, ellos prefieren “Qué viva la música” de Andrés Caicedo, porque describe esa sociedad oculta de las mocedades de sus padres. Pero faltan continuadores de esa literatura citadina caleña iniciada en los años setenta por Andrés Caicedo y Umberto Valverde.
En la prensa también queda el vacío dejado por Alfonso Bonilla Aragón y otros cronistas que narraban cómo se iba transformando en Sultana del Valle esa aldea cuyos vecinos tertuliaban en la plaza de Cayzedo y hacían paseos de olla al Charco del Burro. Me aculpa todavía incumplir con mi deber intelectual de compilar la memoria histórica de la paradisiaca vereda de 500 casas con dos calles y su rio Aguacatal de aguas diáfanas donde pescábamos sardinas y barbudos, que en la década del 50 me dio albergue siendo inmigrante de un municipio sesgado por la violencia partidista.
Vereda hoy transformada en el popular y gigantesco barrio Terrón Colorado, abrazada por la brisa de varias colinas, que encomendaba su fe a las vecinas Tres Cruces y se sentía protegida por el Cristo Rey con sus brazos abiertos.
La ruta a la escuela Ulpiano Lloreda nos propiciaba las aventuras infantiles de escondernos entre la vorágine, recoger frutas maduras, cazar conejos y caucheriar torcazas. Ruego Dios me permita llegue el día de acabar con mi culpa.
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