El fenómeno Trump se puede analizar desde enfoques múltiples y a través de todos los sesgos de la paleta ideológica, aun así no se pueden obviar estas consideraciones.
Previamente hay que elogiar el carisma de Donald Trump, un hombre con un discurso labioso y gamberro, asesorado por un equipo publicitario tropero y contraventor, como lo escenifican el trato hacia las mujeres y la apología xenofóbica.
Ahora de lo que no cabe duda, es que su ascenso al poder prueba cómo las mayorías silenciosas de la clase proletaria gringa, llenas de desaliento y escepticismo con la clase política habitual, eligieron a un hombre con un discurso antisistema. No importa desde que óptica se razone, izquierda o derecha, al colectivo solo le importó desoír al sistema político tradicional. Este razonar del elector nos lleva a la premisa ¿cómo es el populismo?
El populismo se caracteriza por ser un estilo político sin programas de efectiva realización en el tiempo, canalizado por un líder con características megalómanas (mesiánico), y sin la participación de algún tipo de grupo ideológico de base comprometido con unas tesis de partido. La falta de compromiso con un partido permite al populista incumplir todos sus programas de campaña.
Otro de los grandes problemas del populismo es la entronización del líder como hoy sucede con Maduro, Ortega y Evo Morales en Latinoamérica. Esto significa que la elección democrática se transforma en un mero acto de reconfirmar al mesías, quien finalmente se convierte en tirano.
Ojalá el fenómeno espejo de los años treinta no se extienda por el mundo pues traerá ruina, dolor y desencanto por la violencia.
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