Cuando se acabaron los nefastos auxilios parlamentarios porque buena parte iba a los bolsillos de muchos congresistas ávidos de riqueza fácil, Juan Manuel Santos, entonces ministro de Hacienda, se inventó o ideó los “cupos indicativos”, ganándose de paso a políticos que creyeron perder semejante pedazo del ponqué presupuestal, con la diferencia de manejarlos a través de grandes contratos en los que figuran personajes dispuestos a repartir los dividendos que deja semejante bocado financiero. Esa es gran parte de la corrupción que aqueja al país de manera inmisericorde, peor que las guerrillas.
Por eso vemos o escuchamos en las noticias cotidianas cómo grandes obras, conocidas como elefantes blancos, quedan inconclusas, mal terminadas o abandonadas, en perjuicio de comunidades o de regiones que son las sufren ese terrible mal, sin que los organismos de control o de justicia, en la mayoría de los casos, hagan algo, gracias a la coadministración o al compadrazgo que existe entre investigados e investigadores.
Por eso los colombianos nos preguntamos, a sotto voce, que pasó con la bonanza petrolera que el actual gobierno recibió, en qué se invirtió, qué se hizo, o la volvieron “mermelada”, como se le dice ahora a los auxilios de antes o cupos de hoy. Igual sucede con el gran robo de Reficar o con el producto de la venta de Isagén.
Cosas como esas causan dolor de cabeza a la clase media o pobre, ante la nueva reforma tributaria que sale a relucir para tapar un enorme boquete fiscal que no ha podido ser justificado, gracias a la compra de conciencias a todo nivel.
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