Entre los criterios que podrían aplicarse al momento de calificar la grandeza de las personas, especialmente de aquellas que ostentan cargos de liderazgo, considero como determinante para medir la elevación de su espíritu, para apreciar su excelencia moral, la capacidad que tengan estos adalides de aceptar, de reconocer y de asumir sus equivocaciones, sus fallas, y sobretodo, sus derrotas. Muy conocido es que a la victoria le sobran progenitores, en tanto que la derrota generalmente queda huérfana de responsables.
Desde temprana edad se hace necesario enseñar a los niños que como no siempre se ganará, debe aprenderse a perder entendiendo que algunas veces se pierde por desaciertos propios, en otras ocasiones se es derrotado por virtudes del contrario, y en otras se resulta sometido por la suma de las dos anteriores.
Cualquiera sea la razón principal de la derrota, especialmente aquellos sometimientos públicos penados por los líderes, hace grande a la figura pública vencida reconocer que fue batida, admitir las virtudes del oponente triunfante, asumir las consecuencias y responsabilidades de haber perdido y luego, quizás en la soledad de su intimidad, reflexionar a efectos de aprender las lecciones que le ha dejado lo sucedido.
No considero maduro ni responsable en persona derrotada alguna, mucho menos en un líder, que pretenda negar que fue vencido, que intente desconocer el triunfo del adversario, que eluda sus responsabilidades señalando como infame e ilegítimo verdugo a quien le venciera en franca lid, ansiando además que quien venció asuma las consecuencias que a él como líder le caben por no haber salido airoso de esa rivalidad… ¿O sea que con cara ganaba él y con sello perdían todos?
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