Me gusta la música de Bob Dylan y la conservo entre mi colección de álbumes. Pero, en honor al nombre de esta columna, en vez de una apología por el Premio Nobel, hoy despacho mi rechazo. El fallo de la Academia Sueca que otorga el Premio Nobel de Literatura 2016 a Bob Dylan, provoca mi reacción que parodia a Marshall Berman,
”Todo sólido se desvanece en el aire”. Sí, porque desde hace algún tiempo parece que cada vez el jurado se aleje del lineamiento inicial de enaltecer el trabajo literario de los novelistas y de los poetas. La motivación para su decisión, explica la Academia Sueca, obedece a las letras de sus canciones de hace medio siglo y a sus dos crónicas autobiográficas.
¿Qué tal que se empiece a otorgar el Premio Oscar del Cine o el Premio Grammy de la Música, ya no a los actores y directores, ni a los cantantes y grupos musicales, sino a los poetas y escritores, dizque porque sus libros inspiran a los cineastas o a los intérpretes de la canción? También produce extrañeza que la Academia Sueca de las Letras quiera exaltar a un cantante-poeta retirado de los escenarios y con una pluma colgada prematuramente.
Si la función de la Academia Sueca empieza a desvanecerse en el aire, le propondría que siga con Joan Manuel Serrat, cantor-poeta vigente y de huella universal.
Que también innove con la variante de otorgar premios póstumos. Le pediría un merecido Nobel para Juan Rulfo. Otro para hacerle justicia a la obra y memoria de Jorge Luis Borges.
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