Luego de cuatro años de negociaciones entre el Gobierno Nacional y las Farc, se logró el acuerdo final que le pone término a una de las guerras internas más longevas del mundo y causante de una tragedia humanitaria de la que aún no se tiene plena conciencia, a pesar de que sus tentáculos han impactado brutalmente la vida de todos.
Son pocos los colombianos que no han perdido un pariente, un amigo o un conocido en esta lucha fratricida, que ha generado además, postración económica, degradación moral, exclusión y estrechez política.
Esta guerra ha sido funcional a la corrupción generalizada, al debilitamiento estatal, al afianzamiento de la inequidad, al saqueo y deterioro de nuestros recursos naturales y a sectarismos políticos.
Una nación en guerra no construye sueños colectivos, porque estamos viendo siempre enemigos en todas partes, hace que nuestro esfuerzo personal carezca de contenidos más allá de nuestra precariedad individual y convierte en ciudadanos ejemplares a los que solo luchan por su éxito personal y escasamente el progreso de su inmediato circulo familiar, olvidando que nada es posible sin el concurso y la contribución de la comunidad en la que estamos inscritos, y que la vida carece de brillo, si al lado las otras se apagan.
Este será el reto principal del posconflicto y el papel central del Estado y la dirigencia nacional, lograr que el esfuerzo, el talento, los méritos y la fortuna de algunos sirva para auspiciarle oportunidades, soportes y “discriminaciones positivas” a los que hoy están en desventaja por razones del azar, pero sobre todo, por la dinámica de un régimen oprobioso .
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar

