Un despropósito resulta pensar en ponerle un impuesto a la energía. Es loable que la Gobernación del Valle busque recursos para mejorar la seguridad. Sin embargo, hacerlo por esta vía afecta demasiado la economía del departamento y el bolsillo de sus habitantes.
No se puede perder de vista que el Valle no es autosuficiente en esta materia. Tampoco se puede desconocer la inestabilidad del costo del servicio. El caso de Cali es crítico.
La crisis de Emcali y su bajo flujo de caja le impiden comprar futuros de energía, razón por la cual debe adquirirla al vaivén de sus cotizaciones en bolsa pagando muy altos precios por kilovatio. En el 2015 las tarifas subieron cerca de un 15% para los estratos 4, 5 y 6 e industrial y en el inicio de este año volvieron a treparse por cuenta del fenómeno del Niño, los cargos por confiabilidad, las sanciones por altos consumos y las inversiones en las térmicas.
Definitivamente, miles de argumentos se encuentran para meterle la mano al bolsillo de los consumidores de este servicio. En macroeconomía para principiantes se estudia el impacto que tiene el costo de la energía en la competitividad de cualquier sector.
La discusión llega además en un momento de alta inflación. ¿Será que quienes proponen y discuten la iniciativa no se han enterado del aumento de los precios en general? ¿No se han dado cuenta que tras el fenómeno del niño hubo un paro agrario y que ahora estamos en paro camionero y que todo está por las nubes? ¿No habrán escuchado siquiera que la inflación del año ya supera el aumento de los salarios? ¿En qué planeta viven?
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