Cali, julio 14 de 2026. Actualizado: lunes, julio 13, 2026 09:00
Luis Ángel Muñoz Zúñiga
Especial Diario Occidente
Los maestros antes de enseñar a los niños a narrar sus primeros cuentos, qué bueno sería que les explicasen la importancia y las técnicas de escribir sus propias memorias. No se trata de que escriban una mera biografía consistente en referenciar los datos personales. Las memorias, aunque sean autobiográficas y escritas por uno mismo, sólo serán importantes si recogen anécdotas reflexivas de los hechos más trascendentales de la vida del personaje y su interacción familiar, social, artística, política o intelectual. Sí a los niños sus maestros les encargan aplicar entrevistas sobre determinados temas a los miembros de su comunidad, para ellos sería más emocionante que les encomendaran convocar a sus familiares mayores a que personalmente les cuenten cosas de las etapas de sus vidas. En Colombia, país empeñado en la reconstrucción de la memoria histórica, es decir, los recuerdos colectivos de la sociedad, será fundamental que empezáramos por coadyuvar en la narración de sus memorias a nuestros abuelos, padres y demás familiares. “La vida no es la que uno vivió, -dijo Gabriel García Márquez- sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”.
Han escrito sus memorias diferentes personajes: algunos políticos, no faltan los artistas y también contados novelistas. Hay expresidentes que para no sentirse ignorados por la historia debido al vacío o las nefastas acciones durante su gobierno, entonces deciden publicar sus memorias en voluminosos tomos que nadie lee y sólo reposan en los anaqueles de las bibliotecas debido a que contienen monótonas historias que interesan a sus más fieles adeptos o beneficiarios, pero que por lo general no están acostumbrados a ingerir páginas densas. Algunos artistas, como fue el caso del cantante español Raphael, un día con su propio puño se animó a escribirlas: “Raphael ¿y mañana qué? Memorias” (Plaza Janes Editores, 1998). Otros, como Phiero, concedió una extensa entrevista a una periodista que escudriñó su vida y dio forma a las memorias: “Piero, mi querido Piero. Biografía Autorizada. Maureén Maya” (Editora Géminis S. A. 2017). Hay publicaciones que deslindan entre biografías y memorias.
Los libros de memorias de los escritores se distinguen por su estilo literario, ya familiar entre sus lectores, quienes las leerán animados por conocer su vida íntima, anticipada a través de sus novelas autobiográficas. A veces las memorias de los escritores se publican de manera póstuma porque al fallecer todavía estaban en proceso o copiadas en borrador, fue el caso del libro de Pablo Neruda que se publicó de manera clandestina en 1974. Gabriel García Márquez tenía proyectado escribir sus memorias en dos tomos, pero el segundo quedó interrumpido debido a la demencia senil que lo sorprendió inesperadamente. Pablo Neruda tituló sus memorias “Confieso que he vivido”. (Copia clandestina. 1974); Ernesto Sábato, a las suyas, “Antes del fin” (Editorial Seix Barral 1998); Gabriel García Márquez, “Vivir para contarla” (Editorial Norma, 2002); y, Mario Vargas Llosa, por su parte, “El pez en el agua”. (Editorial Seix Barral, 1993).
“Mi memoria despierta allá por los cuatro años. Quisiera dejar claro que no he pretendido, salvo en lo referente a mi carrera, ser puntual en las fechas. No creo que mi vida sea tan trascendente como para tener que precisar al día, al mes, ni, si me apuran, al año, sucesos, encuentros, desencuentros, anécdotas, etcétera. Importa lo que fueron, cómo fueron, incluso dónde fueron, pero no precisamente cuándo. Ni habrá ningún historiador para mi historia. Soy el resultado de todo lo que sigue. El título de este libro sería la mejor manera de explicarles por qué me he metido en semejante berenjenal. ¿Y mañana qué? Porqué contar, lo que se dice te voy a contar mi vida, cualquiera que conozca mi canción con ese título, palabra más palabra menos, sabrá que no lo hago. Aunque ahora, aquí y en las siguientes páginas, lo intente con mi mejor voluntad y hasta donde me alcance la memoria”. (Raphael. Memorias. Página 9).
“Muchas veces me he detenido, solo en mi estudio, o con amigos, a cavilar sobre este tema, sobre la diferencia entre el tiempo existencial y el tiempo cronológico: éste es igual para todos; aquél, lo más personal de cada hombre. Así como despaciosas son las horas de la infancia, cuando uno se va haciendo viejo, las horas se achican, como un astro que girara cada vez en orbitas más pequeñas, y a mayor velocidad, de modo que los regalos de cumpleaños no se han llegado a gozar cuando ya viene, emboscado un nuevo aniversario. Con los años, el pasado va aumentando de peso, y la gravedad de la existencia parece desfondarse hacia ese costado. Cuando uno ya ha abandonado la energía de los trabajos, el ardor de la pasión, la ilusión de otros proyectos, con frecuencia, queda habitado el presente, distraídamente, como un juego al que ya no se le prestara atención, porque el yo más profundo ha quedado anclado en esos momentos cuando la vida resplandecía”. (Sábato. Antes del fin. Página 178).
“Quería encerrarme sin pausas para hacer la primera copia en cuartillas oficiales antes de la última corrección. Tenía unas cuarenta páginas más que la versión prevista, pero aún ignoraba que eso pudiera ser un tropiezo grave. Pronto supe que sí: soy esclavo de un rigor perfeccionista que me fuerza a hacer un cálculo previo de la longitud del libro, con un número exacto de páginas para cada capítulo y para el libro en total. Una sola falla notable de estos cálculos me obligaría a reconsiderar todo, porque hasta un error de mecanografía me altera como un error de creación. Pensaba que este método absoluto se debía a un criterio exacerbado de la responsabilidad, pero hoy sé que era un simple terror, puro y físico”. (Gabriel García Márquez. Vivir para contarla. Página 472).
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