Cali, septiembre 14 de 2026. Actualizado: lunes, septiembre 14, 2026 20:57

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Después de una tragedia también hay que cuidar lo que no se ve

¿Cómo acompañar emocionalmente a quienes lo perdieron todo?

Sobrevivir a una emergencia no elimina el duelo. El miedo, la rabia, el insomnio, la sensación de vacío o incluso no sentir nada pueden aparecer después de una experiencia extrema.

Especialistas insisten en que acompañar no significa obligar a ser fuerte ni buscar inmediatamente “el lado positivo”.

Cuando ocurre una tragedia, la atención inicial necesariamente se concentra en salvar vidas, localizar a las personas, encontrar refugio, garantizar alimentación, recuperar documentos y atender las necesidades más urgentes.

Sin embargo, cuando disminuye la emergencia visible comienza otra que muchas veces pasa inadvertida: la necesidad de reconstruir la sensación de seguridad de quienes sobrevivieron.

Estar vivo no borra lo que se perdió. Una persona puede sentir gratitud por haber sobrevivido y, al mismo tiempo, estar devastada porque perdió su vivienda, sus pertenencias, sus ahorros, su negocio, su barrio, sus animales o los objetos que durante años conservaron la historia de su familia.

Ambas emociones pueden coexistir y reconocer una no significa desconocer la otra.

Por esta razón, expresiones utilizadas habitualmente con la intención de consolar pueden terminar minimizando el sufrimiento.

“Al menos están vivos”, “lo material se recupera”, “tienes que ser fuerte”, “mira el lado positivo” o “hay personas que están peor” no necesariamente ayudan a alguien que acaba de atravesar una experiencia extrema.

En ese momento puede ser mucho más importante decir: “Lo siento mucho”, “tiene sentido que te sientas así”, “no tienes que estar bien ahora”, “estoy aquí contigo” o simplemente preguntar: “¿Qué necesitas en este momento?”.

La pérdida que nadie ve: dejar de sentirse seguro

Uno de los impactos menos visibles de una emergencia es la ruptura de la sensación de seguridad.

La casa, por ejemplo, no representa únicamente paredes y muebles; también es el lugar asociado con protección, intimidad, rutina, recuerdos y pertenencia.

Después de perderla o de experimentar una situación que amenazó la vida, pueden aparecer preguntas persistentes: “¿Dónde voy a dormir?”, “¿y si vuelve a pasar?”, “¿cómo voy a proteger a mis hijos?”, “¿qué va a pasar mañana?” o “¿cómo comienzo nuevamente?”.

El miedo, la tristeza, la rabia, la confusión, la ansiedad, los problemas para dormir, la dificultad para concentrarse, la necesidad constante de hablar o incluso la sensación de no sentir nada pueden aparecer después de una experiencia de este tipo.

No existe una única manera correcta de reaccionar.

Incluso el cuerpo puede continuar comportándose como si el peligro permaneciera presente.

Algunas personas pueden sobresaltarse fácilmente, permanecer permanentemente alerta, tener dificultades para descansar, experimentar tensión física o sentir miedo ante sonidos o situaciones que les recuerden lo sucedido.

Por eso, durante los primeros momentos el propósito no debería ser obligar a la persona a “superar” lo ocurrido, sino ayudarla progresivamente a recuperar estabilidad y seguridad.

¿Quién cuida al que está siendo fuerte por todos?

Las emergencias también producen roles familiares. Mientras algunos se derrumban, otra persona comienza a resolver: busca alojamiento, consigue alimentos, llama a familiares, tranquiliza a los niños, organiza documentos y procura mantener a todos unidos.

Desde afuera parece ser “el fuerte”, pero su capacidad para funcionar no necesariamente significa que emocionalmente esté bien.

En ocasiones, el impacto aparece después, cuando termina la urgencia y la persona deja de tener tareas inmediatas que resolver.

Por eso, una de las preguntas más importantes dentro de una familia después de una tragedia debería ser: ¿quién está cuidando a quien está cuidando a todos?

Tampoco todas las personas necesitan hablar inmediatamente. Algunas quieren contar una y otra vez lo ocurrido; otras necesitan silencio.

Acompañar no significa presionar para obtener un relato ni intentar encontrar rápidamente una explicación.

Escuchar, permanecer cerca y respetar los tiempos también constituye una forma de ayuda.

El apoyo emocional también puede ser práctico

Después de una emergencia, acompañar psicológicamente no consiste únicamente en hablar de sentimientos.

Ayudar a encontrar alojamiento, conseguir alimentos y agua, recuperar documentos, comunicarse con familiares, acceder a servicios de salud o simplemente permanecer cerca mientras la persona resuelve una diligencia puede devolver pequeñas dosis de control en medio del caos.

Las rutinas sencillas también adquieren importancia. Poder comer, descansar, bañarse, tener información confiable sobre lo que está sucediendo y saber dónde se dormirá esa noche contribuye a reconstruir gradualmente la sensación de estabilidad.

Con los niños ocurre algo similar. Los adultos deben procurar ofrecer explicaciones sencillas y acordes con su edad, evitar exponerlos repetidamente a imágenes fuertes de la tragedia y permitirles expresar miedo, tristeza o preguntas sin transmitirles que deben “ser valientes” todo el tiempo.

¿Cuándo buscar ayuda?

Sentir tristeza, miedo, llorar, tener dificultades temporales para dormir o necesitar compañía puede formar parte de la respuesta emocional posterior a una experiencia extrema.

Sin embargo, es importante observar cómo evoluciona cada persona.

Si con el paso de los días la angustia continúa siendo muy intensa, aparecen pesadillas frecuentes, existe miedo permanente a dormir, aislamiento significativo, dificultad considerable para desarrollar las actividades cotidianas o una sensación constante de peligro, puede ser conveniente buscar acompañamiento profesional.

Cuando existe riesgo para la integridad de la persona o de quienes la rodean, desorientación grave, imposibilidad de mantenerse segura o expresiones relacionadas con hacerse daño, la atención profesional debe buscarse de manera inmediata.

Una tragedia no tiene que convertirse en una lección, ni quien sobrevivió tiene la obligación de agradecer inmediatamente lo sucedido o demostrar resiliencia.

Después de preguntarle a una persona si está viva, probablemente haya que formular otra pregunta igual de importante: “¿Cómo estás después de todo lo que acabas de vivir?”

Porque atender una emergencia también significa cuidar aquello que las cámaras, los balances de daños y las fotografías no pueden mostrar: lo que ocurrió dentro de quienes sobrevivieron.


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