La crónica de Gardeazábal

Y la tumbaron

Gustavo Álvarez Gardeazábal

Para quienes desde nuestras épocas universitarias hemos venido escribiendo y dictando conferencias y llamando a Sebastián de Belalcázar como asesino de indios,el acto reivindicatorio de los indígenas guambianos ayer al tumbar la estatua de Belalcázar que desde El Morro regía como fundador a Popayán,es la demostración de la capacidad de respuesta que nos ha despertado al mundo esta pandemia.

Tal vez sea un acto a imitación de los que ya hicieron con Colón en varias ciudades de USA o lo que gestaron en Bristol y otras ciudades de Inglaterra con las estatuas de los esclavistas,pero hacerlo en Colombia, en Popayán y con Belalcázar tiene un profundo significado.

Pero,más que todo, es un bofetón a esa historia que entre la cruz y la espada nos aplicaron para hacernos creer por siglos que los habitantes precolombinos de estas tierras eran insignificantes ante la majestuosidad de quien a nombre del rey de España ejecutaban la fundación de una ciudad con solo mandar un papel a los archivos de Sevilla pero sin mencionar jamás que lo hacían encima de un antiguo pueblo indio como Pubenza.

Belalcázar fue el más representativo de esa jauría de españoles que hicieron la conquista de Colombia arrasando sementeras,preñando las mujeres indígenas luego de matar con crueldad a sus maridos para saciar su equivocación de no dejar venir mujeres en los primeros 80 años de su presencia en este territorio.

Por donde pasó,desde Quito hasta Cartagena,Belalcázar dio muerte a quien requería quitar de su camino,así se llamara Petecuy o el mariscal Robledo. De su virilidad descienden muchas familias de Popayán y del Cauca que por haberse blanqueado a tiempo no alcanzan a entender todo lo que simboliza la destrucción de la estatua ecuestre del fundador de Quito,Popayán y Cali a manos de los indígenas guambianos,choznos de quienes se pudieron salvar de la guillotina española refugiándose en las honduras de Pisimbalá.

Y,en especial, el altísimo valor que adquiere el video que registra el momento cuando los lazos la derrumban de su pedestal ante dos agentes de la Policía Nacional,inermes o más felices que los guambianos por ver destruir un falso mito.

Ojalá este gesto sirva para que Popayán y Colombia entiendan hasta dónde nos ha desnudado la pandemia,qué tanto hemos cambiado y cuan falsa está resultando la historia que nos inculcaron.Y que después de esto haya quien nos cuente la verdad sobre ese criminal cuya estatua recordatoria rodó por los suelos 400 años después de haber sembrado sangre en las orillas del río Cauca.

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