Diario Occidente

Raíces de la protesta; Colombia un país acostumbrado a no cambiar

Víctor Manuel García

Colombia a pesar de sufrir un conflicto interno por más de 60 años de manera consecutiva, el cual ha traído inmensos costos para el país en materia social, económica y política, ha sido un territorio relativamente “estable” institucionalmente hablando, donde ha predominado el status quo, caracterizándose por la ortodoxia en las decisiones de política pública y en la forma de elegir por parte de sus ciudadanos.

Esta ortodoxia o “conservadurismo” evidenciado primordialmente al momento de llevarse a cabo las elecciones, han dado como resultado que el Estado colombiano muy pocas veces se haya aventurado al terreno de aplicar acciones progresistas, principalmente en el campo social y económico y ni que hablar en el aspecto político. Muestra de ello fue la vigencia de más de 100 años de una Constitución que a todas luces durante décadas no respondía a las necesidades del país.

Todo esto no ha sido gratuito, son el resultado de los desafíos que han afrontado los colombianos como sociedad prácticamente durante toda la historia republicana del país, con más de cinco guerras civiles en el siglo XIX, pérdidas territoriales como la de Panamá, una guerra internacional en la década de 1930 con el Perú, la violencia partidista desatada en 1948, la amenaza guerrillera y del comunismo surgida en la década de 1960, el paramilitarismo y la lucha contra el narcotráfico que tanto dolor y sangre le ha causado a los colombianos durante los últimos 40 años.

Todas estas amenazas a la seguridad, sumado a la profunda religiosidad de gran parte de la población, dan origen a ese conservadurismo político de los ciudadanos y por ende del Estado colombiano en su forma de actuar.

Esto ha derivado, tal como pasó con la Constitución de 1886, en la aplicación de políticas “arcaicas” e incluso descontextualizadas para atender las necesidades sociales de un país disperso geográficamente y con niveles de desarrollo diferentes entre sectores completos de la sociedad.

De esta dificultad para el cambio y la adaptación de políticas a las realidades sociales del territorio, se deriva en gran medida un resultado nefasto y difícil de erradicar: la inequidad.

Colombia actualmente es el país más inequitativo de América del Sur, el segundo en todo el continente después de Haití y se encuentra en el top 10 de todo el mundo. A todas luces una verdadera vergüenza para todos nosotros.

Todo lo anterior se ve exacerbado y potenciado por un alto índice en los niveles de corrupción, en un país en el cual sus instituciones han demostrado no tener la fuerza y en algunos casos la independencia suficiente para enfrentar esta amenaza, generando una percepción desfavorable de la población hacia ellas, que a su vez se ve traducida en desconfianza hacia el actuar del Estado y de los representantes ciudadanos en el mismo.

Estos desafíos históricos del país, sumados a la inequidad social, han ido erosionando poco a poco la resistencia de la población, situación que se ha visto exacerbada aún más con la llegada de las redes sociales, limitando el poder de transmisión de mensajes de los medios de comunicación tradicionales, ya que ese poder actualmente está al alcance de cualquier ciudadano con un celular en la mano.

Debemos ser conscientes que no es “gratuita” la situación que actualmente vivimos, por lo tanto no se puede caer en la tentación de estigmatizar a los protestantes que son pacíficos con calificativos peyorativos como el de “vándalos”, “vagos” e incluso la generación más adulta no deben minorizar el nivel de conocimiento que tienen los participantes más jóvenes de esta movilización, porque sin duda alguna de una u otra forma han tenido acceso a información y en muchísimos casos han vivido en carne propia los desafíos anteriormente descritos.

Entiéndase sin embargo, que nada justifica el vandalismo y mucho menos la violencia, ni de los manifestantes y mucho menos de las autoridades.

No se nos puede olvidar a pesar de vivir en un país “acostumbrado” a un ambiente violento, que preservar la vida siempre es lo más importante y desde ningún punto de vista se justifica atentar letalmente contra otro ser humano.

Los derechos a la vida, la salud, la propiedad privada, la libre locomoción, a la libre expresión y manifestación, entre otros, son para preservarlos con garantías no solo como obligación del Estado, sino también de nosotros como ciudadanos.

En estos momentos tan convulsionados y sin ser tildados como de “izquierda o de derecha” (calificativos por demás anacrónicos y pasados de moda), vale la pena preguntarse ¿No será que para nuestro país es necesario comenzar a cambiar?

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