Pantalones bien puestos

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Las prendas de vestir han evolucionado social e históricamente. En otrora el marido representaba la autoridad y era el único proveedor de la familia, porque se reconocía digno de llevar los pantalones. A los bebes cubrían con bodies, azules o rosados, según nacieran niños o niñas.

A quienes nacimos a mediados del siglo XX, hasta la adolescencia nos tocó vestir de pantalón cortico. Recuerdo que en el país del Sagrado Corazón, desde los púlpitos a las mujeres se les permitía entrar a misa si llevaban vestido y manto en su cabeza. Hoy a los niños sus padres les ponen pantaloncito con mangas largas y vemos las iglesias llenas de damas que relevaron sus faldas.

De ahí que los antagonistas de Claudia López, que la estigmatizaron como “la dama de pantalón y corbata”, no cayeron en cuenta que paradójicamente lo que hicieron fue pregonar su candidatura. Sus simpatizantes, más que votar por alguien del movimiento LGBT, acogieron el mensaje de que “Bogotá necesitaba que la gobierne una persona con los pantalones bien puestos”. Nos ha faltado investigar la historia del pantalón.

Si en la independencia de la Nueva Granada y en la organización del Estado colombiano, estuvimos influenciados por la Revolución Francesa, la Ilustración también nos legó el pantalón como símbolo político. En el Siglo XVIII la mayor innovación del pantalón fue oponerse a los calzones bombachos a media pierna del antiguo régimen.

Desde la Revolución Francesa el pantalón expresó los valores republicanos y se convirtió en un elemento clave para un nuevo orden político. Definitivamente Colombia necesita gobernantes con los pantalones bien puestos.

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