Mi amigo degustaba su café. Estábamos sentados en la mesa de una cafetería desde donde veíamos la fila de carros producida por el bloqueo. No se veía policía.
“En el colegio había un matoncito”, me dijo sin apartar la vista de la hilera de vehículos. “Era un chico grande comparado con todos”, me aclaró sonriendo y continuó: “En los recreos nos martirizaba. Recuerdo que me quitaba la lonchera y tenía que regresar con hambre a la casa”.
“¿Y los profesores qué?”, le interrogué. Su historia llamó mi atención más que el caos de la calle.
“El profesor observaba desde lejos. La primera vez lo amonestó, pero luego se hizo el loco”. Noté que los ojos de mi amigo adquirían un brillo particular.
“Recuerdo que fue un lunes porque había celebrado mi cumpleaños el fin de semana. Mi mamá me había regalado unos tenis blancos que había comprado con mucho esfuerzo. Yo estaba feliz estrenando”, rio.
“Mira como son las cosas, yo ya estaba acostumbrado a que el matoncito me robara mi lonchera todos los días… Pero cuando vio mis tenis blancos nuevos me los pisó y me los ensució.” Escucho su relato sin pestañar y me doy cuenta como él respira profundamente… “Rodrigo, en ese momento mi cabeza se nubló de ira y me dije NO MÁS. Entonces yo, un flacuchento que no le llegaba ni a los hombros a aquel matoncito, le di una patada en medio de las piernas”.
Guardamos silencio. Mi amigo se termina de un trago el café, alza sus pobladas cejas y señalándome el bullicio anuncia: “La soga se rompe siempre por lo más delgado”.
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