Emilio Hernández

Leonardo Medina Patiño

Hace ya muchos años atrás me divertía en su restaurante en Granada, donde los cholados multicolores los servían en copas con una base elástica que permitía juguetear, mientras el deleite hacía de las suyas.

Se perdió un tiempo de la ciudad, y solo teníamos noticias suyas a través de sus “Divas”, que se ubicaban alrededor de algunos centros comerciales de la ciudad. Esbeltas, aladas, con sus colores fuertes que resaltan sus delicadas facciones o vestidos se mostraban bellas al transeúnte.

Luego ya no tuvimos noticias de su paradero. Oculto, silencioso pero trabajando en el arte, fundiendo, haciendo su propia casa para refugiarse del climaterio y los avatares de la ciudad, pasó un buen tiempo.

Lo encontré en pasados días en su cabaret privado, con un gusto propio de su estilo artístico, con el jazz siempre de fondo, las luces, sillas decoradas con las divas y un monumento al cine que proyecta una luz hacia el cielo, como implorando que sigamos viéndonos en la pantalla.

Atento, como siempre, exhibió su obra. Abrió su taller y dejó conocer la forma como un artista hace su vida, como la cera va tomando definiciones impecables que luego pasan al bronce.

Emilio Hernández ha vuelto, pero se ha refugiado en las afueras de Cali, donde se inspira para deleitarnos con sus obras, que ya son reconocidas en el mundo entero.

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