El ejemplo peruano

Rosa María Agudelo Ayerbe

Me impactó el suicidio de Alan García por cuenta de su vinculación al caso Odebrecht en Perú, y mucho más la carta en la que explica su decisión.

Sin embargo, quiero ir más allá del caso, pues si bien me sorprende la convulsión política de ese país, lo hace mucho más su pujanza económica, que no parece ir al vaivén de la primera.

¿Qué nos dice de un sistema que tres de sus expresidentes estén presos, uno prófugo, uno muerto y que sin embargo pueda progresar sistemáticamente? En primer lugar que la viabilidad de un país no puede depender de los políticos, de sus modelos o conductas.

En segundo lugar, que un Estado que demuestra estar dispuesto a ir por quien la hace, sin importar el poder que ostente, genera más confianza que otro dedicado a perpetuar los poderes y a tapar los pecados. Igualmente, refleja una sociedad resiliente que prefiere ir por las cabezas y que no se conforma con la caída de pequeños “chivos expiatorios”.

Contrario a lo que sucede en nuestro país, Perú está demostrando que defender la estabilidad institucional no es proteger personas.

Sin embargo, la moneda tiene otra cara. Los expresidentes en la cárcel, el prófugo y el muerto tienen medidas cautelares, preventivas.

¿Es bueno un sistema que captura y apresa a sus dirigentes mientras se les investiga? ¿No puede también prestarse para injusticias y persecuciones políticas, como lo afirma García en su carta? No sé cuál sea la verdad, lo cierto es que Perú está viviendo una verdadera revolución que está cambiando radicalmente su panorama político.

Espero que sirva para derrotar la corrupción y las malas prácticas y no solo para cambiar de manos el botín de los recursos públicos.

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