La prohibición eclesiástica de esparcir cenizas de los difuntos o conservarlas en la casa, advirtiendo que de no acatarlo acarrea perder el derecho a las exequias, me recuerda dos episodios novelísticos. A Pietro Crespi, en Cien años de soledad, se le negó la misa de difuntos porque se suicidó.
A Rebeca, la niña de once años que llegó a Macondo, portaba entre su equipaje un talego con los huesos de sus padres.
Lo narró García Márquez quien también quiso que sus cenizas descansaran en Cartagena, no exactamente en un campo santo.
La advertencia de dejar difuntos sin exequias, para sancionar la desobediencia de sus familiares, confirma la pertinencia del cine de Lisandro Duque. “Soborno del cielo”, es la historia de un cura que suspende los oficios de Semana Santa hasta que no exhumen del cementerio católico a un difunto suicida. ¿Estaremos regresando a los tiempos que condenaban difuntos a no descansar en paz? La medida no garantizará el respeto, ni la oración a los muertos.
En La Chacarita de Buenos Aires los amantes del tango no le rezan a Carlos Gardel. Embriagados le ponen cigarrillos en los bolsillos de su escultura en el mausoleo. En el cementerio central de Cali, los agüeristas buscan suerte tirando monedas sobre la tumba de Adolfo Aristizábal.
Distinto es el caso de Enrique Buenaventura: guardamos el grato recuerdo del momento que esparcieron sus cenizas en la raíz del árbol al interior del Teatro Experimental de Cali, desde donde espiritualmente sigue dirigiendo las funciones. En mi caso: que esparzan mis cenizas en los jardines de Santa Librada.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar

