Los últimos diez años han sido realmente un periodo bastante convulsionado para el país, enmarcado en unos desafíos de gran calibre que parecen hubieran tomado a la sociedad en que vivimos sin un gramo de preparación para enfrentarlos.
Por ejemplo, da la sensación que los colombianos no estábamos preparados para hacerle frente de manera unificada a la decisión tomada por la Haya en el caso del archipiélago de San Andrés, en la cual perdimos varias decenas de miles de kilómetros cuadrados de mar territorial.
Parece que no hubiéramos estado preparados para enfrentarnos a la posibilidad real de disminuir la violencia en nuestro territorio a través de la desmovilización del grupo armado ilegal más antiguo y poderoso que rondaba las montañas de nuestro país, tanto así que caímos en la eterna espiral de la polarización política en la cual todos los días parece que nos “hundiéramos más y más”.
Esta espiral ha sido potenciada por la mentira, la calumnia y la apelación constante al miedo a una nueva realidad, apuesta que se da en mi opinión, debido al miedo profundo que representa la Jurisdicción Especial para la Paz, especialmente en su componente de Verdad, ya que en ese aspecto hay sospechas de involucramiento de grupos políticos, empresariales y sociales que a toda costa han querido mantener la situación por fuera de los reflectores.
Por otro lado, tampoco mostramos ningún grado de madurez social para enfrentar la amenaza sanitaria derivada de la aparición en nuestro país del COVID-19, no estábamos preparados ni de manera individual ni colectiva, y según los resultados, mucho menos gubernamental, ubicándonos de acuerdo a varios estudios internacionales, entre ellos el del instituto Lowy de Australia, como uno de los tres países que peor ha manejado la pandemia en el mundo.
Ahora, aunque más tarde que muchos países del mundo y de Latinoamérica, tenemos la esperanza que a través de la vacuna podamos mitigar la desafiante situación que hemos atravesado durante el último año; sin embargo, se siguen dando muestras de la falta de madurez de nuestra sociedad, muestras que han sido protagonizadas por diversos “representantes” y actores de relevancia de la vida pública nacional, iniciando por el jefe de estado, el ministro de salud y terminando con el gobernador de Sucre y el Alcalde de Sincelejo, quienes han hecho un verdadero “show” mediático del cumplimiento de una de sus obligaciones y responsabilidades como mandatarios.
Estamos tan mal preparados como sociedad, que incluso en los últimos días, surgió un pronunciamiento del gobernador del Amazonas, quien, en un claro mensaje cargado de desespero por el olvido y la desidia demostrada por el poder central, se atrevió a evocar a una amenaza de escisión de esos territorios de la soberanía colombiana, una situación que no se presentaba en nuestro país desde la guerra con el Perú en 1930.
Todo lo anterior desde una perspectiva realista y objetiva es responsabilidad no solo de los gobernantes de turno, sino de la sociedad que los elije, una sociedad que acude a las elecciones sin leer programas de gobierno, sin tener en cuenta la preparación de los candidatos, que vota a partir de miedos y desinformación, una sociedad que está acostumbrada a que después de las elecciones se desentiende del proceso de veeduría, un colectivo acostumbrado a vivir en un constante olvido y a sobrevivir a pesar de las dificultades; por eso, en Colombia parece que la ciudadanía prefiere romantizar la pobreza y no solucionar los verdaderos problemas de fondo.
Estos próximos años son cruciales para que comencemos a dejar el miedo a un lado, son fundamentales para que demos pasos hacia adelante, para que iniciemos procesos de transformación de país, es la oportunidad de “oro” para que de una vez por todas afrontemos los problemas históricos y busquemos darles solución para aprovechar el verdadero potencial de nuestro territorio.
En pocas palabras, es un momento que realmente nos brinda la oportunidad como sociedad para que cambiemos.
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