Árdese cali y sube el humo oscuro

Rodrigo Fernández Chois

“Está quemándose el cerro, aquí no más”, me anuncia uno de mis colaboradores la noche de sábado. Con el recuerdo de que algo similar había sucedido días atrás, salgo inmediatamente a la calle y desde la Avenida Colombia, en el margen sur de nuestro río tutelar, observo horrorizado como inmensas llamas amenazan con devorar parte de lo que se encuentra en las inmediaciones de los barrios Juanambú y Centenario.

El contraste de los rojos y naranjas del fuego con el fondo ennegrecido del cerro, a su vez rodeado por el manto de la noche, es aterrador. Soy testigo por unos minutos de la macabra e hipnótica danza de un fuego amenazador para nuestra ciudad mientras el insoportable, pero tremendamente esperanzador ulular de las sirenas, inicia su canto.

“Crece el incendio propio el fuego extraño, las empinadas máquinas cayendo, de que se ven ruinas y pedazos. Y la dura ocasión de tanto daño…” Dos niñas pequeñas que se ubican a mi lado para mirar también el impresionante cuadro me hacen olvidar las líneas que le siguen al poema de Lope de Vega. “Pobres los animalitos.” me dice la una. “¿Quién puede ser tan malo para hacer eso?” pregunta la otra. Las miro a ambas y noto como sus pequeñas pupilas se reflejan las enormes llamas que se divisan no tan lejos. “Sí, ¿Quién demonios puede llegar a hacer algo así?” murmullo. Y al volver mi vista hacia ese infierno artificial, que por fortuna está siendo ya controlado por nuestros osados bomberos, me contesto a mí mismo y les contesto a ellas: “Alguien que está muy, pero muy mal de la cabeza”

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