Apologías y rechazos

A quién engañas abuelo

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Sí que hace falta el amor de los abuelos en los tiempos del cólera con padres pegados al WhatsApp. Por eso no comparto que Nino Caicedo le diga a su muchachita que “abuelo no quiere ser todavía”. Qué emocionante es sentir que un nieto le llame “Abue” a su alcahueta. El Día Internacional de los Abuelos, señalado para el 26 de julio, hace caer en cuenta que la música y la literatura han pecado de ingratitud hacia esos sabios con rostros arrugados y cabellos de plata. Exceptuando a Pilar Lozano y a Gabriel García Márquez, los escritores se olvidaron de los abuelos. “Colombia, mi abuelo y yo”, de Pilar Lozano, es un legado muy sublime, que, si todos leyéramos, acabaría nuestra ingratitud por los seres que siempre dicen querer más a sus nietos que a los hijos. “Muchas veces he vuelto a esculcar el baúl que heredé de mi abuelo”, dice Pilar. “He leído y releído sus notas, sus apuntes, sus libros. Sí, ahora tengo la certeza de que Papá Sesé tenía una idea muy linda: armar con todos sus recuerdos, con todos sus apuntes, una geografía distinta, escrita como un cuento para que los niños quieran mucho a Colombia. Los niños como el que yo fui cuando mi abuelo me llamaba mi pequeño José”. Gabriel García Márquez, por su parte, además de otorgarles lugares dignos en sus novelas, confesó que sintió cómo si el mundo se le viniera encima el día que su abuelo Nicolás Ricardo Márquez falleció, pues para él era el ser más importante de su vida. Recordemos que el primer golpe de suerte que tuvo García Márquez y que le trazó su destino hacia la gloria en las letras, fue precisamente haber quedado al cuidado de sus abuelos maternos cuando su padre fue trasladado de lugar de trabajo. Si sus padres hubieran cargado con el niño, a lo mejor Gabito se hubiera perdido la oportunidad de beber en sus anécdotas los insumos para su realismo mágico. Las historias sobre las guerras civiles y las leyendas del Caribe le abonaron el terreno para crear un nuevo universo con Macondo. Al empezar mi columna afirmé que a la música y a la literatura les ha faltado más gratitud con los abuelos. Miremos, por ejemplo, que son contadas las canciones que se refieren a los abuelos y, las pocas que hay, en vez de expresarles ternura, los toman como referentes de la violencia en Colombia. Algunas de esas escasas canciones apenas expresan reproches: “A quién engañas abuelo (…) Nunca me dijiste como, / tampoco me has dicho cuando/ pero en el cerro hay dos cruces/ que te lo están recordando (…) Ende que taita y que mama, / arriba están descansando”. No basta que a los abuelos les reserven dos fechas en el calendario: el 26 de julio como día internacional y el 30 de agosto como día nacional. Entre las familias ingratas, eso será algo intrascendente. Algunas los hospedan sólo por principios humanitarios, pero relegándoles en el último rincón de la casa, dejándoles inmersos entre la incomunicación y el silencio, cosa que agrava su soledad. Las que tienen un poco más de solvencia, tras un acuerdo familiar de que cada hijo pondría su cuota económica, los envían a algún “ancianato”. No se dan cuenta del daño emocional que les propician al confinarles cual piezas de anticuarios. Sí que hace falta el amor de los abuelos en los tiempos del cólera con padres pegados al WhatsApp. Ningún lugar ajeno al hogar podrá suplir el amor de sus nietos.

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