marzo 24, 2017

Leucemia:una lucha sin final

PORMARÍA DE LA LUZ PALACIOS
ESTUDIANTE DE DÉCIMO SEMESTRE.

Los rayos de luz del sol resplandeciente de aquella tarde hacían más intensa la espera; los minutos se camuflaban en segundos, el tiempo parecía detenerse. A lo lejos se escucharon pasos fuertes que aumentaron los latidos de su corazón.

Luciana Viscué, una mujer de piel trigueña, baja estatura, ojos pequeños, pelo lacio y negro, esperaba una noticia que cambiaría su rutina. No estaba sola, la acompañaba Juan Viscué, su nieto de dos años, piel trigueña, ojos grandes oscuros y unos labios delgados que cuando sonríen son capaces de cautivar hasta el corazón más fuerte.

Para la Familia Viscué, la vida transcurría con normalidad; vivían en una finca, en Corinto, Cauca, rodeados de animales y respirando aire puro y fresco. Juan es el único nieto de Luciana, que tiene tres hijos: dos hombres y una mujer.

De un momento a otro, las fiebres incontrolables de 40° del niño interrumpieron la cotidianidad; hacer algo tan normal, como ir a la guardería, ya no fue posible porque fue trasladado a Miranda, donde le diagnosticaron una infección. De allí fue remitido a Cali, porque la temperatura no le bajaba.

Cuando llegaron a Cali, en 2013, hicieron exámenes de sangre y un chequeo general para saber con certeza qué le sucedía. Las horas más largas en la vida de Luciana pasaron mientras esperaba los resultados.

El médico ingresó a la habitación y le anunció:
n El niño tiene Leucemia LLA , ¿usted sabe qué es? Es cáncer en la sangre y debe estar preparada, va a estar aquí, con el niño hospitalizado, tres meses, porque la leucemia puede ser mortal- respondió el especialista.

“Es como si le echaran un balde de agua fría a uno”, expresa Luciana.

Después de darle esta dura noticia, el médico continuó:

Tiene que estar preparada, aquí hay niños que se nos han ido de las manos, nosotros cumplimos con los medicamentos y las quimioterapias; ya todo queda en manos de Dios, hay niños que no aguantan y fallecen.

Luciana no pudo contener el llanto, esta noticia no la imaginaba ni en pesadillas; no podía explicárselo porque, manifiesta, en su familia nadie ha sido portador de cáncer.
Juan empezó las quimioterapias, al principio eran cada ocho días y a medida que iban avanzando, se fueron presentando quemaduras en su cuerpo, lengua y garganta, tan fuertes y delicadas, que con frecuencia debían hospitalizarlo; cuando se le quemaba la lengua, “¡ay, usted viera!”, exclama Luciana adolorida, “no quiero ni recordarlo”.

Cuando le aplicaban Vincristina, un medicamento que se inyecta vía intravenosa, la hinchazón en la pierna y el dolor eran tan fuertes, que no consentía ni el más mínimo roce y las noches eran de angustia y desvelo para ambos. Todo el tiempo permanecía con mangueras y chuzones, y si no le encontraban las venas en las manos, tocaba en los pies.

El pelo iba desapareciendo y para Luciana era muy triste ver las hebras de cabello del niño enredadas entre sus dedos.

Hace año y medio salieron de la clínica, se contactaron con la Fundación Carlos Portela , un establecimiento que lleva 18 años apoyando a los niños con cáncer y a sus familias, ofreciéndoles albergue y alimentación. Su fuente de ingresos es el reciclaje de tapitas plásticas, botellas, latas de gaseosa y demás materiales reutilizables que donan organizaciones y personas naturales.

-La Fundación nos da todo: comida, dormida, elementos de aseo y ropa para el niño. La directora, la doctora María Fernanda, ha sido de gran ayuda para nosotros- agrega.

Los duros momentos no han sido excusa para dejar de luchar, porque al igual que Juan es una guerrera, sin embargo, nada la atormenta más que escuchar las palabras de su niño cuando, con voz tímida, le pregunta “¿cierto que yo tengo cáncer?” Ella le dice que no, que es un niño sano, a lo que él se opone respondiéndole: “yo sé que yo soy un niño con cáncer, para eso es que traen las tapas”. ¡Eso es duro para mí!”.

El mayor deseo que tiene es ver a su nieto crecer y terminar el tratamiento de la mejor manera; por eso, lo deja todo en manos de Dios, y anhela que así como ha aguantado tanto hasta ahora, salgan vencedores.

Actualmente Juan es un pequeño alegre al que le gusta pintar y jugar con los demás niños de la Fundación, es todo un encanto, es capaz de atrapar a cualquier visitante porque no tiene ningún problema en saludar y en despedirse siempre con un gesto de agradecimiento y esperanza.

Aunque no existe una fórmula secreta y mágica para evitar que los niños padezcan cáncer, les recomienda a todas las mujeres embarazadas que se alimenten bien y que consuman todos los medicamentos que les formulen.

Dos años después del triste diagnóstico, Luciana espera con fe que en un nuevo encuentro con el médico las palabras que pronuncie sean: Juan ya está sano, salió vencedor.