diciembre 06, 2017

Impuesto calórico

Rodrigo Fernández Chois

No soy amigo de los impuestos, ¡¿Quién diantres lo es!? Sin embargo, como economista soy consciente de que son necesarios para financiar los gastos estatales, presupuestos que quisiéramos ver reflejados en grandes proyectos de infraestructura, de salud, de educación o en investigación y desarrollo y no en corrupta mermelada para perfumar la deplorable gestión de un gobierno que la inmensa mayoría de los colombianos aborrece.

Pero los impuestos cumplen también un interesante papel moral que se sale de lo estrictamente financiero. Los impuestos pueden llegar a disuadir el consumo de bienes y servicios, que a juicio de quien los imponga, dañen la salud o alteren la sana convivencia.

Por ejemplo, el cigarrillo y el alcohol se encuentran gravados con tasas impositivas bastante altas comparadas con el resto de bienes que componen la canasta familiar.

Desafortunadamente el carácter adictivo del consumo de alcohol y el cigarrillo hace que gravar fuertemente estos bienes sea el mejor de los negocios para el fisco y no reduzca su consumo; sin embargo, seguiré creyendo -ingenuamente- que la alta tasa impositiva con la que continúan siendo gravados se justifica en el noble propósito disuasivo y nunca en el de maximizar las rentas gubernamentales.

En fin, tal vez esta loable intención disuasiva fue la que hizo que en Méjico se experimentara con un “impuesto calórico” para desanimar el consumo de bebidas y comida chatarra y combatir la obesidad crónica de la población.

Pero ¡sorpresa! al igual que el alcohol y los cigarros, las bebidas y la comida chatarra resultaron ser altamente adictivas para infortunio del bolsillo de los gordinflones y alegría del fisco que comenzó a engordar.