diciembre 21, 2016
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Gilles de Rais

Rodrigo Fernández Chois

Fue la amenaza de excomunión la que hizo que declarase. Se puso de pie y su presencia confirmó que era  un individuo de prestancia y clase social. “Confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes —niños y niñas— y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos —aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto— y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados”. 

Las palabras que siguieron y con las que describió los vejámenes, torturas e atrocidades que cometió con los niños que hasta entonces dábamos por desaparecidos en nuestra comarca hicieron que todos los del recinto se persignaran.

Uno, horrorizado,  cubrió con un fino paño el crucifijo que colgaba en la pared del salón. Estábamos ante un ser perturbado, esquizofrénico y psicópata como nunca antes ha existido o llegara a existir. Quién podría creer que este detestable sujeto había luchado con Juana de Arco, que proviniendo de las más prestantes familias del reino y siendo nombrado el  mariscal más joven de toda Francia se hubiese entregado a tan repugnantes y atroces prácticas, asesinando para satisfacer su placer a inocentes niños.

Lo miré fijamente a los ojos para pronunciar sentencia: “Barón Gilles de Rais, por los delitos de más de mil asesinatos de niños -ciento cuarenta en la comarca de Nantes-, satanismo, magia negra y perversión es usted condenado a ser ahorcado y quemado”.