agosto 09, 2018

Entre drones y cometas

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Qué adulto no añora a agosto con sus fuertes vientos invitando a la fantasía de elevar cometas. Recuerdo que emocionados y ayudados por nuestros padres, organizábamos los palillos formando hexágonos, los revestíamos con papelillos a colores, les adheríamos una larga cola de telas y de sus tirantas amarrábamos una gruesa madeja de 50 metros de pita.

En los cielos de las colinas nuestra cometa buscaba espacio entre otras que parecían pájaros adormecidos cerca de las nubes. Algunas le coqueteaban y con coletazos la derribaban en picada.

Hasta Juan Rulfo, reservó un fragmento entre sus narraciones sobre tantas tiranías y odios violentos del rudo gamonal: “Pensaba en ti, Susana. En las lomas verdes. Cuando volábamos papalotes en la época del aire. Oíamos allá abajo el rumor viviente del pueblo mientras estábamos encima de él, arriba de la loma, en tanto se nos iba el hilo de cáñamo arrastrado por el viento. Ayúdame, Susana. Y unas manos suaves se apretaban a nuestras manos. Suelta más hilo”. (Página 18 Pedro Páramo).

Hoy los niños prefieren pedir a sus padres complacientes un dron para dirigirlo a control remoto. ¿Cuáles serán sus añoranzas dentro de medio siglo? En los agostos de otrora, coincidían con las vacaciones escolares, las bandadas infantiles subían con sus cometas a las colinas y cerros tutelares, haciéndoles parecer llenos de arbustos.

En las colinas ya no hay lugar para elevar cometas, hoy las torres de apartamentos asfixian la ciudad impidiendo que en las tardes nos abracen las brisas de los Andes y los vientos de agosto.

Entre drones y cometas, ¿dónde habrá más fantasía?