diciembre 20, 2016

El circo nacional

Rosa María Agudelo Ayerbe

Me desconcertó, como a todos, el desenlace que tuvo el caso de Dora Lilia Gálvez. Hace solo dos meses nos impresionamos con la noticia de la violenta agresión sexual de la que había sido víctima esta mujer en Buga.

Los médicos, las autoridades civiles y la Policía nos dieron detalles escalofriantes que relataban un crimen cometido con la más absurda sevicia. Casi un mes, hasta la muerte de Dora, los medios le hicieron seguimiento a lo sucedido. Durante ese tiempo ninguna autoridad puso en duda la versión del horrendo hecho, ni siquiera cuando ocurrió el deceso. Sobre el hecho se pronunciaron la Gobernadora, el Alcalde de Buga y el Comandante de la Policía, validando la versión del ataque.

Ahora resulta que suuestamente el sexo violento que produjo las lesiones fue consensuado y por lo tanto la muerte fue natural. ¿No hubo crimen? ¿Cómo fue posible que la versión inicial tomará tanto vuelo? No me cabe en la cabeza que Medicina Legal solo actué tras la muerte. ¿Cuál es el procedimiento para verificar las causas de unas lesiones tan graves cuando alguien ingresa a una institución hospitalaria? Definitivamente, este caso ejemplariza lo esquizofrénica de nuestra sociedad en la que todos salimos a repetir una versión no confirmada y la volvemos verdad. También es el fiel reflejo de lo inoperantes, incapaces e inoportunas que resultan nuestras autoridades.

Las tragedias las volvemos un show, los shows se convierten en cortinas de humo que esconden nuestras verdaderas problemáticas y el circo pasa de función en función sin que afrontemos con seriedad las deficiencias de nuestro sistema. Ahora entramos en modo tutaina, otra anestesia hasta que otro hecho vuelva a poner sangre en la arena.