junio 12, 2018

La droga acecha a los estudiantes entre 12 y 15 años de edad en Cali - Segunda entrega

“El calvario empezó cuando la cambiamos de colegio”

Vender besos en los semáforos de la Comuna 14 y acceder a que conductores de vehículos de transporte público le tocaran los senos a cambio de $2.000, se convirtió en una salida para Katia*, una menor de 13 años que ya no podía pensar sus días sin consumir alucinógenos para “alejarse de la soledad”.

“El calvario empezó cuando nos cambiamos de cuadra y la cambiamos a ella de colegio. Al principio la niña no se reunía con nadie, le daba miedo hacer un mandado porque en el barrio se veían muchas cosas extrañas para nosotros: jovencitos fumando, consumiendo, era gente muy rara”, dijo Paula Ospina*, tía de la menor.

La agresividad, la desaparición de ropa y el consumo constante de líquidos fueron los primeros signos de alerta en el hogar, pero no fueron suficientes para dimensionar la realidad que se avecinaba.

Hasta los diez años (2014) Katia vivió con sus papás y su hermano menor, que para ese entonces tenía siete años.

Dos años después de la separación de sus padres, empezó una nueva vida al lado de su mamá, su hermano y una tía que llegó de Medellín.

Transcurría julio de 2017 cuando la menor, de piel trigueña, cabello negro, ondulado y facciones delicadas, empezó a bajar el rendimiento escolar y a la par empezaron a llegar las citaciones académicas a su casa.

“A mi hermana la llamaron del colegio y le dijeron que la niña iba perdiendo una materia con un profesor (que después lo mataron porque supuestamente le hizo perder la materia a unos ‘pelaitos’, pero era que ellos andaban muy alborotados y no le hacían caso), por eso la mamá la castigó y no la dejaba salir. Y pues, normal, ese día nosotras nos fuimos para la calle y cuando regresamos ya Katia no estaba”, afirmó Paula Ospina.

“Había una carta donde nos decía que se iba porque la estaban obligando a estudiar y ella no quería, que no la buscáramos porque iba a estar bien”, agregó Ospina.

En medio de las fuertes precipitaciones que cubrían esa noche, salieron a buscarla a donde la mejor amiga, pero ya no estaba ahí, aunque había tocado las puertas de esa familia aduciendo que la habían echado no la dejaron quedarse.

“Le rogamos a la amiga que nos dijera para dónde se había ido y finalmente nos contó que estaba donde un ‘pelaito’, mi hermana la sacó de allá, y al día siguiente la mandó para donde un familiar, pero como a los tres días se escapó y la conseguimos después de dos días (por medio de un novio de ella), en una casa, estaba tirada, tan drogada que no se valía por ella misma”.

En medio del desespero la mamá acudió al Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Icbf, y la menor manifestó que en el colegio una compañera le había regalado una pastilla que echaban en la gaseosa o en un jugo y se diluía como una aspirina, fácil de encontrar, que le hacía perder el sentido por un instante (por eso no se enteraban según la menor) y le quitaba la soledad.

“Al principio se las   regalaba una amiguita del colegio, pero después le tocaba comprarlas y las conseguía en una casa, diagonal a donde estudiaba. En ese entonces ella nos confesó que se nos robaba la plata y la ropa para poder comprar esas pepas, porque según ella ya no podía vivir sin eso”, relató la tía Paula.

“Los psicólogos son muy caros y los de los colegios que la han tratado no han logrado resultados, se ha escapado del Icbf y de otros internados en los que ha estado. La mamá se la llevó para Medellín buscando un nuevo rumbo para ella, pero ahora resulta que se le ofrece a los profesores para que la dejen pasar las notas y está consumiendo más”, acotó Paula Ospina.

Consumo en Cali
El consumo de sustancias alucinógenas es un fenómeno que ha logrado permear los entornos escolares de Cali, sus distribuidores no lo hacen únicamente en las afueras de las instituciones, sino también en casas y tiendas aledañas.

Las autoridades manifiestan que actualmente el mayor problema de los colegios se está presentando afuera, en las rejas, cuando ellos salen al descanso.

Vulnerables
Según reportes preliminares del Sistema Municipal de Convivencia Escolar de la Secretaría de Educación de Cali, hay aproximadamente 507 niños, niñas y adolescentes de 55 instituciones educativas oficiales de la ciudad en presunción de consumo.

De la zona urbana harían parte 448 y de la zona rural 59 niños, niñas y adolescentes entre los 12 y los 15 años, con un pico ascendente en los 13, que cursan entre sexto y octavo grado.