Marzo 17, 2017

¡Corruptos!

La mayoría se rasga las vestiduras, pero valida un sistema perverso.

Por estos días en los que la sucesión de hechos de corrupción tiene hastiados a los colombianos, sorprende ver la forma en la que los políticos de todas las tendencias hablan del tema y se excluyen, señalan las malas prácticas ajenas y se olvidan de sus faltas.

Pero los cínicos no son solo los políticos, también los ciudadanos; en mayor o en menor escala, en este país la corrupción se volvió un modus operando casi generalizado. Aunque haya diferencias abismales entre las tarifas que cobran o reciben los ladrones de cuello blanco que se venden como “estadistas” y “padres de la patria”, y las coimas que ofrecen o reciben los de abajo, las conductas de unos y otros son reflejo de lo mismo, de una visión perversa de la política, de los negocios y de la vida en la que todo tiene precio, en la que el “cómo voy yo” es el determinante de las decisiones.

Lo peor es que este modelo es una imposición del mismo Estado, que se supone debería promover todo lo contrario, pero que en la práctica presiona a todos los actores del sistema para que entren en su juego.

Los contratistas que pagan comisiones o financian campañas por debajo de la mesa a cambio de que les adjudiquen contratos a dedo terminan en estas prácticas porque   el mismo sistema los lleva a ello, es eso o la quiebra. Esto no los exime de culpa, es tan responsable quien peca por la paga como quien paga por la peca, pero si el Estado fuera transparente no habría lugar a estas prácticas.

La solución no está en alguien que llegue y cambio todo de la noche a la mañana, sino en que cada colombiano se esfuerce por ser ético y legalista, sólo así vendrá el cambio.