julio 06, 2018

Cartas sin tecnología

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

La extinción de la carta es la consecuencia más nefasta que nos deja la tecnología. Alguien refutaría que a través de Internet también se pueden enviar cartas, que el papel y el sobre sobran, que no malgastar dinero en correo postal y que eso ayuda a la conservación del planeta.

Pero la brevedad en el uso de las redes limita la inspiración del remitente y despoja de ritualidad al género epistolar.

En otrora el escribir una carta era un acto íntimo e inspirador. El esperar las cartas desde sus ventanas era la mayor satisfacción de las enamoradas, sino busquemos en los baúles de nuestras abuelas, para conocer el romanticismo que hoy tanto nos hace falta. Las cartas son la mejor prueba de la intensidad de sus amores.

Además de faltarnos tiempo para la inspiración, no hay escribientes que se ganen la vida en los parques, se reducen los impuestos municipales, desaparece el arte de la filatelia, acaba el empleo de la mensajería, pero sobre todo, se reafirma lo dicho por García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda para contarla”.

Hasta los historiadores reconocen que sus mejores fuentes las hallaron en las cartas que se dirigieron los precursores, los héroes de la independencia y los estadistas.

El primer momento más atendido por los fieles en la misa, es cuando leen las epístolas de San Pablo a los Corintios. Franz Kafka decía que las cartas “son besos dados por escrito”.

Mira, si ya olvidaste escribir cartas, entonces léete las de Bolívar a Manuelita. En las cartas de amor, cabe el plagio.